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Por: Radharany Romero Ramírez

Pasan los días y con ellos, nosotros.

Nos levantamos y nos sentimos gigantes. El mundo se reduce y tomamos leche en la mesa, miramos sin mirar a mamá, hablamos con la lengua, pero sin la palabra, acariciamos las caries con nuestro cepillo de dientes, sonreímos al espejo para verificar nuestra absurda belleza, cogemos la mochila y salimos de casa. Fuera, estando fuera, pareciera que todo es más sencillo, que no pesa tanto la espalda, caminamos felices, nos sentimos libres.

Nos levantamos y nos sentimos gigantes. El mundo se reduce, y somos avestruces. Nos creemos tiempo. Nos creemos infinitos. No somos nada. El bus pasa, los indiferentes viajan en él. Hoy yo me quedo. Hoy solo observo. La señora llora a su hijo, y éste, llora a su novia, ella llora a su perro y el perro llora a su dueño, el dueño llora a su padre, su padre no llora porque él es macho, y entonces el macho llora su llanto y hace llorar a la lluvia. El bus pasa y con él, la tristeza. Hoy yo me quedo. Hoy solo olfateo. Alguien no alcanzó a desayunar, lleva dos panes en una bolsa, y la bolsa roza el pantalón de quien lleva jugo de guayaba en un termo. No sabe que está roto y que su maleta será estrago.

Los saltamontes traspasan la frontera, suena Chopin y el Transmilenio se vuelve romántico. Mis manos tiemblan y me vuelvo frío. Me vuelvo el cabello negro, la carpeta, la silla azul, el bastón improvisado, los dientes torcidos, el dulcecito venezolano, el mal aliento, el perfume caro, la foto del hermano, la conversación de los conversadores, me vuelvo y al volver, mi mente vacía.

El dolor nos hace más perceptibles, y ante todos, invisibles. Perdí mi aroma y recuerdo todos. Ya no queda nadie. Ya no queda nada. Me planto en el silencio y en medio de él, soy ruido. Camino y lo hago lento. Siento y mi corazón corre. Salgo de allí jugando a ser niña, pero no soy niña. Dejé de serlo hace ya bastantes días. Corro y recuerdo y cuando recuerdo, soy lluvia, y soy el macho, y el padre y el dueño, y el perro y la novia, y el hijo y la señora. Corro y no soy gigante.

Me reduzco al tamaño de mis manos que quieren agarrarlo todo y de ellas, paso a ser el polvo del que venimos. Me reduzco y vuelvo a pasar por el corazón. Soy  miel y me deslizo entre las piernas de las gentes. Me enamoro más fácil y de lo primero que veo. Creo ver cosas y espero, no solo sea creer verlas. Recuerdo que hoy solo observo, y muero a la séptima vida, como un gato. He caído mal, creyendo que era ave o persiguiendo a una. Pero no soy tan gato. Ni tan ave. Ni tan gigante. Ni avestruz. Ni tiempo. Ni infinita. No soy nada. No somos nada y nada es nada.

Pasan los días y con ellos, nosotros.

Nos levantamos y nos sentimos gigantes, y solo resulta gigante creernos la idea de que lo somos.

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