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520 paginas en 115 minutos (Reseña crítica obra de teatro crimen y castigo por el Teatro Libre)

Por: Sebastian Rodriguez Peña

La historia tiene sus preferidos inmortales, Fedor Dostoievski (1821 – 1881) es uno de ellos. Después de tantos años su dialéctica sigue intacta, sus historias trascienden, sus obras siguen adaptándose y sus reflexiones siendo colectivas.

Crimen y castigo es su obra homónima y es considerada una de las novelas más importantes de la historia: estudios patológicos, psicológicos, el desarrollo de la estética del crimen y el sentido de la crueldad, una presión criminal que abre fragmentos filosóficos del súper hombre. Raskolnikov, que vive en un apartamento diminuto en los barrios bajos habita en su crimen, llevando al espectador a los laberintos más oscuros y profundos de la psique de un asesino y la constante persecución de su propia consciencia.

En la ciudad de San Petersburgo Rusia, un joven ahogado en deudas y desesperación espiritual llamado Raskolnikov planea el crimen perfecto: Asesinar a una prestamista usurera que mantiene la vida del joven estudiante, una vieja que vive solo con su hermana y que reúne el desprecio de la gente por cobrar intereses absurdos. Raskolnikov se reconoce como ente de una ley suprema en la que las personas “extraordinarias” están en la obligación moral de purificar y transgredir los limites morales de la ley por el beneficio de la humanidad. La obra se desarrolla alrededor del sufrimiento espiritual, la culpa, el caos y la locura que nos sumerge en un infierno interno.

Ricardo Camacho, director artístico del Teatro Libre adapta y dirige la versión escénica de la obra y expresa el reto de sintetizar el libro de Dostoievski en una obra de teatro que resultaba casi utópico: “El reto más grande fue hacer un espectáculo de una hora y cuarto a partir de una novela de 520 páginas. Lo difícil fue hallar el núcleo central y concentrarnos para hacer un montaje teatral. Lo más importante fue el encuentro entre el inspector y Raskolnikov, estudiante lleno de teorías librescas, muy frustrado, que no consigue trabajo, que tiene un resentimiento profundo contra el mundo y que comente un crimen porque cree que así hace justicia”.

Existen ciertos niveles en el mundo escénico de Dostoievski. El policiaco, en el que el interrogatorio, el momentum del caos interno con la quietud externa expresan una danza de poderes morales entre la capacidad de entender la justicia y el bien. Existe la representación colectiva que por medio de personajes como Raskolnikov encarna a todo un pueblo en crisis (crisis sin frontera) y toda una sub realidad que existe en cada lugar del mundo, un mundo sin luz, sin vida, sin alma. Por último, es un nivel más espiritual, nivel en el que la estética metafísica del caos reluce expulsando a Dios de la ley, asumiéndolo como la fuente de las leyes podridas, como el origen de una moral corrupta. Dialéctica en la que Dostoievski a través de Raskolnikov se hace uno con el filósofo francés Jean Paul Sartre: “Si Dios no existiera todo estaría permitido”.

La construcción escénica de todos los niveles y la síntesis de Camacho refleja un proceso investigativo que se queda corto al ejemplificar el núcleo de obra que permite la exploración de la historia sin desperdiciar los personajes, el ritmo de su síntesis es lento al imponer detalles y veloz frente a las propuestas de acción más concretas. Las herramientas de dirección son claras y especificas más sin embargo los objetivos que cumple son borrosos y en ocasiones distorsionan una narrativa clara de la obra, dejando al espectador la encarnación de una síntesis que no profundiza en una estética que nos transporta a la puerta más profunda del infierno.

El escenario en medio de su sencillez concreta efectivamente un espacio y una atmosfera capaz de transportarnos a la esencia que proyecta el libro. El trabajo de luces resulta poético y se hace uno con la energía que proyecta el análisis de Camacho, sin embargo, las actuaciones de Diego Barragán como Raskolnikov, Héctor Bayona como el inspector y Andrea García como Sonia, la prestamista y la hermana se desequilibran en fragmentos que huyen de una cordura narrativa. Héctor Bayona en instantes resulta acartonado, simplón y vulgar al expresar en una atmosfera de tensión absoluta matices grotescos y cotidianos que distancian la historia de la expresión actoral del texto. Andrea García al tener tres personajes en la historia refleja superficialidad en dos de ellos (La prestamista, la hermana) en los cuales diseña personajes planos y banales que no van más allá de lo que representan realmente en la historia terminando por verse como roles complementarios y no partes fundamentales de la historia, su ultimo personaje (la prostituta) demuestra una construcción de personaje real, un personaje explorado con matices variados y una conciencia absoluta de su estatus, sus necesidades y su realidad. Por ultimo Diego Barragán encarna de forma magistral a Raskolnikov por medio de herramientas actorales concretas y matizadas que fluyen bajo el ritmo de un entendimiento casi absoluto del texto, saltando entre fragmentos temporales que explican el desarrollo subliminal de la obra, lo cual le permite una exploración casi total de los matices de su personaje y una interiorización de la dramaturgia que permite dejar al desnudo el alma verdadera de Raskolnikov.

El mayor problema de la obra es la dramaturgia y la actuación de los dos personajes complementarios que en ocasiones pierden el sentido de la historia. Es una obra que se ha investigado y se ha trabajado, más sin embargo no ha llegado a su punto máximo de claridad frente a la realidad de Dostoievski. Es una obra disfrutable que se puede hacer densa por su duración y el ritmo de la narrativa, es una historia que vale la pena explorar en otros campos del arte.

 

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