El barrio Egipto es considerado uno de los asentamientos más antiguos de Bogotá. Allí llegaron campesinos y familias trabajadoras que construyeron sus viviendas alrededor de una iglesia que, con el tiempo, se convertiría en uno de los símbolos históricos del sector. Tal vez muchos hayan escuchado sobre el barrio donde cada año se celebra el Día de Reyes, festividad recientemente reconocida como patrimonio cultural inmaterial: la iglesia de Nuestra Señora de Egipto.
Por suerte o por desgracia, la ciudad creció tanto que terminó por tragarse el lugar, integrándolo a sus entrañas como un barrio más del centro de Bogotá. Sin embargo, esa integración nunca significó igualdad. Egipto ha permanecido durante décadas como un territorio atravesado por el abandono estatal, la estigmatización y, más recientemente, por las tensiones de la renovación urbana y la expansión universitaria.
El 15 de febrero de 2018, la universidad Externado inauguró los edificios H e I bajo el discurso de una “educación para la libertad”: 48.000 metros cuadrados destinados a ofrecer espacios cómodos y tecnología de punta para sus estudiantes. Pero el proyecto no terminó allí. Desde hace años circula entre los habitantes del barrio el rumor de una futura megaciudad universitaria. La institución ha adquirido una cantidad considerable de predios dentro de Egipto, aunque todavía existen familias que se resisten a vender las casas donde han vivido por generaciones.
Se pensaría que la expansión se detendría frente a esa resistencia, pero en los últimos años muchos habitantes denuncian la existencia de un desplazamiento pasivo. Uno de los reclamos más constantes gira alrededor del acceso a internet. Según denuncian residentes del sector, la universidad habría concentrado gran parte de la infraestructura disponible, mientras empresas como Claro Colombia y ETB argumentan problemas de cobertura o limitaciones técnicas para instalar el servicio en viviendas aledañas. Resulta contradictorio que un barrio ubicado en pleno centro histórico de Bogotá tenga dificultades para acceder a un servicio que hoy funciona como una necesidad básica, especialmente cuando la educación, el trabajo y gran parte de la vida cotidiana dependen de la conectividad digital.
El cambio hacia la fibra óptica terminó convirtiéndose en la excusa perfecta para justificar problemas infraestructurales que llevan años sin resolverse. Mientras la universidad continúa expandiendo sus instalaciones y modernizando sus espacios, muchos habitantes siguen atrapados entre cables viejos, mala conexión y la imposibilidad de acceder a servicios que, en teoría, deberían ser universales.
El centro histórico parece ser de interés común únicamente mientras continúe produciendo ganancias. Los visitantes recorren calles maquilladas por bares, hostales y negocios pensados para el turismo, mientras la presión inmobiliaria transforma silenciosamente la vida de quienes todavía habitan el sector. Los arriendos suben, los precios cambian y la insistencia constante por comprar predios vuelve cada vez más difícil permanecer allí.
Egipto sigue siendo estrato 2, pero cada día se pagan precios de sectores que hace mucho dejaron de pertenecerle a sus habitantes y quizás ahí está la verdadera tragedia: el centro histórico está pasando a la historia, pero sin su gente. Las casas permanecen, las fachadas se restauran y las iglesias continúan siendo fotografiadas, pero quienes crecieron en estos barrios comienzan a desaparecer lentamente del paisaje. La memoria del lugar ya no pertenece a quienes lo construyeron, sino a quienes pueden comprarla.
Porque cuando vivir en el centro histórico se vuelve un privilegio y no un derecho, la historia deja de ser contada por sus habitantes y pasa a ser narrada por quienes tuvieron el dinero suficiente para quedarse.