Escrito por: Santiago A. Rodríguez.
Introducción
Durante las primeras décadas del siglo XX, en el sector de El Aserrío al sur de una Bogotá un edificio se alzaba no solo como un centro de salud, sino como un muro de contención para lo indeseable. El Asilo de Locas no fue simplemente una respuesta médica a la enfermedad mental; fue el destino final de cientos de mujeres cuyas conductas desafiaban el estricto orden moral de la época. En una sociedad donde la rebeldía, la tristeza profunda o la simple autonomía femenina eran leídas como síntomas de locura, el encierro se convirtió en la herramienta predilecta para silenciar la disidencia. El presente artículo sostiene que esta institución funcionó como un mecanismo de control social que, bajo el disfraz del cuidado clínico, castigó sistemáticamente la diferencia y borró la identidad de quienes no encajaban en el molde de la mujer ideal.

La locura como castigo moral
El encierro en el Asilo de Locas de Bogotá no siempre respondió a una necesidad clínica, sino a una urgencia de control social. En una sociedad profundamente conservadora, la psiquiatría de principios del siglo XX actuó muchas veces a favor del orden patriarcal. Como señala la investigadora Luz Alexandra Garzón Ospina en su obra Las mujeres de Ningunaparte (2024), el diagnóstico médico solía ser una etiqueta para aquellas que presentaban un notable daño del buen servicio, una expresión de la época que se refería a las mujeres que no servían para lo que la sociedad esperaba de ellas: ser esposas dóciles y madres abnegadas. Así, el asilo se convirtió en el depósito de la rebeldía, castigando con el aislamiento a quienes buscaban autonomía o simplemente no encajaban en el molde moral ya establecido.
Dentro de los muros de El Aserrío, la identidad de la mujer se disolvía en un sistema de castigos disfrazados de ciencia. Los tratamientos de la época no buscaban la rehabilitación integral, sino el control del cuerpo a través del rigor. Según los informes de la Beneficencia de Cundinamarca de la década de 1930, era común el uso de «duchas de hidroterapia fría» y el aislamiento prolongado para corregir conductas consideradas agitadas. Esta visión convertía a la paciente en un objeto de administración y no en un sujeto de derechos, donde el hacinamiento extremo (con hasta tres mujeres compartiendo una misma cama) evidenciaba que la prioridad del Estado no era la salud, sino el confinamiento de la anormalidad lejos del espacio público bogotano.
El traslado del asilo desde el centro de la ciudad hacia el municipio de Sibaté simbolizó la culminación de un proceso de exclusión social y olvido estatal. Al desplazar físicamente a las mujeres del casco urbano de Bogotá, la sociedad capitalina realizó un acto de limpieza simbólica. Como plantea Óscar Iván Calvo en sus estudios sobre la higienización de Bogotá, la ciudad moderna del siglo XX no podía permitir que la «anormalidad» conviviera con el progreso. El destierro a Sibaté no buscaba un entorno terapéutico más puro, sino alejar la tragedia de la vista de la élite bogotana, consolidando una muralla de silencio que rompió definitivamente los vínculos de estas mujeres con sus familias y con cualquier posibilidad de ciudadanía.

Conclusión
Mirar hoy hacia las ruinas de El Aserrío o los pabellones de Sibaté no es solo un ejercicio de nostalgia histórica; es un acto de confrontación con nuestra propia ética como sociedad. Debemos reflexionar sobre cuántas de aquellas «locas» no eran más que mujeres que buscaban una voz en una ciudad que solo aceptaba su silencio. Al entender que el diagnóstico médico fue, en muchos casos, una herramienta de castigo para la rebeldía o la tristeza, nos obligamos a cuestionar cómo juzgamos hoy la salud mental y la diferencia. La historia del asilo nos enseña que el verdadero peligro no habitaba en las mentes de las internas, sino en los prejuicios de una sociedad que prefirió construir muros antes que puentes de empatía.
n última instancia, rescatar del anonimato a las mujeres de «ningunaparte» es devolverles la ciudadanía que el encierro les arrebató. No permitamos que el paso del tiempo termine de demoler su memoria; que ver el pasado sirva como un recordatorio de que una sociedad se mide por cómo trata a sus miembros más vulnerables. Bogotá tiene una deuda pendiente con sus hijas olvidadas, y la única forma de pagarla es asegurándonos de que, de ahora en adelante, la libertad no sea un privilegio de la «normalidad», sino un derecho de todas las mujeres.
Referencias
- Garzón Ospina, L. A. (2024). Las mujeres de Ningunaparte: Voces del Asilo de Locas de Bogotá, 1930-1950. Editorial Universidad del Rosario / Universidad Nacional de Colombia
- Archivo de la Beneficencia de Cundinamarca / Informes de la Junta General de Beneficencia (Siglo XX) https://babel.banrepcultural.org/digital/collection/p17054coll10/id/3081/
- Calvo, Ó. I., & Saade, M. (2002). La ciudad en cuarentena: Chagas y un siglo de historia de la salud en Colombia. O también sus estudios sobre la Higienización y exclusión en Bogotá (1910-1930)
Imágenes
https://co.pinterest.com/pin/bogot-tanque-del-antiguo-asilo-de-locas–398498267041493795/

